La pedagogía del silencio en Ciudad Juárez
En Ciudad Juárez se nos educó, no en las aulas, sino en la calle, bajo una consigna tácita pero eficaz; no hagas olas.
No incomodes, no preguntes demasiado, no señales con nombre y apellido.
No exijas.
La ciudad funciona mejor, dicen, cuando la ciudadanía aprende a callar.
“Hacer olas” se convirtió en un acto indeseable, casi subversivo.
En una frontera acostumbrada al dolor, la exigencia fue catalogada como conflicto; la crítica, como ingratitud; la participación, como amenaza.
Y así, generación tras generación, los juarenses fuimos domesticados. Unos por comodidad, otros por cansancio, muchos por ignorancia, y no pocos por abierta complicidad con intereses que ni siquiera les pertenecen.
El silencio se volvió costumbre.
La omisión, norma.
La resignación, identidad.
Hoy convivimos con la corrupción como si fuera parte del paisaje urbano. Con la violencia como ruido de fondo.
Con la ineficiencia gubernamental como si fuera una condición natural del desierto.
Y mientras tanto, los gobiernos y los grupos de poder sí hacen olas… pero solo cuando les conviene; para modificar leyes, desviar recursos, proteger aliados, castigar disidencias o imponer decisiones sin consulta social.
La estadística respalda lo que la experiencia cotidiana confirma.
De acuerdo con mediciones nacionales, más de seis de cada diez ciudadanos en ciudades fronterizas consideran que la corrupción es uno de los principales problemas públicos, pero menos de dos de cada diez confían en las autoridades para combatirla.
La ecuación es brutal; sabemos que hay corrupción, pero hemos dejado de creer que denunciar tenga sentido. Esa desconfianza no es apatía; es el resultado de una pedagogía institucional del fracaso.
En el ámbito urbano, la decadencia es inocultable.
Amplias zonas de Ciudad Juárez presentan déficits graves en pavimentación, alumbrado público y servicios básicos, especialmente en colonias populares y de la periferia. Calles destruidas que no solo dañan vehículos, sino dignidad.
Sectores enteros sin iluminación que favorecen el delito.
Colonias donde el acceso al agua, drenaje o transporte digno sigue siendo una promesa incumplida.
Y aun así, cualquier acción mínima del gobierno es celebrada como si fuera una hazaña histórica.
Una calle pavimentada, una lámpara instalada, un parque parcialmente rehabilitado.
Se aplaude lo elemental, olvidando algo fundamental; no es un favor, es su responsabilidad.
Es su obligación legal administrar con eficiencia los recursos públicos que provienen del esfuerzo ciudadano.
El problema, sin embargo, no termina en el gobierno. También habita en una sociedad que aprendió a sobrevivir sin exigir.
Que prefiere adaptarse a la precariedad antes que incomodar al poder.
Que normalizó los castigos disfrazados de políticas públicas; multas recaudatorias sin lógica social, trámites diseñados para el desgaste, servicios deficientes acompañados de discursos triunfalistas.
Castigos que no corrigen, no educan y no transforman, pero sí evidencian una profunda decadencia social, urbana e institucional.
Ciudad Juárez no es una ciudad menor. Es motor económico, frontera estratégica, polo industrial y puerta de entrada al país. Sin embargo, esa relevancia no se traduce en bienestar para su gente. Los indicadores de calidad de vida muestran una contradicción persistente; crecimiento económico sin desarrollo social, inversión sin planeación, discurso sin resultados.
Esa contradicción debería generar indignación. Debería provocar olas. Pero no las provoca, porque nos enseñaron que hacer olas es peligroso.
Y no lo es.
Lo verdaderamente peligroso es el silencio prolongado.
Es agradecer lo que nos pertenece por derecho.
Es confundir estabilidad con inmovilidad.
Es aceptar que lo mínimo sea presentado como logro y que el abuso se disfrace de normalidad.
Hacer olas no es destruir instituciones; es obligarlas a funcionar.
No es confrontar por capricho; es exigir con fundamento.
Es preguntar dónde está el dinero público.
Es señalar la corrupción sin eufemismos.
Es dejar de aplaudir lo que solo evidencia lo mal que se ha hecho antes.
Ciudad Juárez no necesita ciudadanos obedientes. Necesita ciudadanos incómodos.
Críticos.
Informados.
Dispuestos a incomodar al poder, porque solo quien hace olas puede limpiar un mar contaminado por la indiferencia.
Hoy, seguir sin hacer olas no es prudencia.
Es rendición.

Guadalupe Parada Gasson
Economista, experta en comercio exterior, periodista y docente con amplia trayectoria en sectores público y privado. Ha dirigido medios impresos y digitales, liderado proyectos de comunicación y formación, y se ha desempeñado en ventas, publicidad y relaciones públicas. Destaca por su perfil multidisciplinario, visión estratégica y compromiso con la gestión social y educativa. Recientemente presidenta de Rotary Club Juárez Real (2023–2024).


