En una sociedad donde la violencia suele reducirse a una estadística oficial o a un titular fugaz en redes sociales, detenerse ante el arte representa una forma de supervivencia emocional y espiritual. El arte para mí, es la huella de la sensibilidad del hombre a través de la historia, que trasciende tiempos, espacios y condiciones.
En días recientes me descubrí reflexionando sobre una obra que, a casi un siglo de su creación, continúa como la radiografía más precisa del dolor humano producido por la catástrofe de la guerra atacando a la sociedad civil. Una pintura que describió sin adornos, sin matices las huellas del dolor: el Guernica de Pablo Picasso. No es solo un lienzo marcado por la historia; es una representación de la desolación, que de forma curiosa, reafirma nuestra humanidad.
Para comprender su vigencia en el escenario actual conviene mirarlo desde tres prismas donde confluyen arte, vida pública y experiencia íntima.
El primero es la Verdad Estética. En la política y la gestión pública buscamos la verdad en indicadores, censos y cifras. El arte, en cambio, persigue una verdad emocional. Picasso no retrató el bombardeo de Guernica con realismo fotográfico; descompuso la realidad para mostrar cómo se siente el horror y las consecuencias del mismo: lo incomprensible, cruel y descarnado.
La monocromía —negro, blanco y gris— no elimina color, concentra intensidad. Al renunciar al artificio cromático, el autor obliga a mirar la esencia del sufrimiento: el caballo que relincha, la virgen con su hijo muerto, la figura que clama al cielo, el toro que representa la dictadura, etc. La obra enseña que la realidad, necesita nombre y forma para permitir vivirla, más allá de su trascendencia. En el debate público honesto: más allá de los datos, importa escuchar el latido humano de quienes cargan la herida.
El segundo principio es la Libertad en la catarsis. Picasso tomó un pincel para exorcizar la guerra. Transformó destrucción en creación. Pero no existe una única forma legítima de procesar el caos interior.
La lección humanista del Guernica afirma que el dolor es universal y la vía para liberarlo es personal. En mi caso, encuentro en el baile —disciplina donde sigo como aprendiz entusiasta— mi propio lienzo. Al bailar, el cuerpo narra lo que la voz calla. Otros, encuentran esa salida en el ejercicio, también oración o la meditación silenciosa. Los gustos como los colores. Ningún camino es superior.
Todos expresan resiliencia y resistencia a dejar que la tragedia nos avasalle. A veces, en la vida no son las “Señoritas de Avignon”, sino el Guernica y mirarlo, es entender los períodos de la vida, como en el pintor.
El tercer eje es la Empatía radical. Aunque las figuras se deforman, la obra no provoca repulsión, sino compasión. Conecta. En la vida cívica solemos blindarnos frente al dolor del otro. Picasso recuerda que detrás de cada figura distorsionada existe un ser humano digno.
“El arte no está hecho para decorar apartamentos. Es un instrumento de guerra ofensiva y defensiva contra el enemigo”, dijo el propio Picasso. Ese enemigo no es solo el fascismo. También es la indiferencia y el evadirnos. Si logramos reconocer en el paso del bailarín, en el esfuerzo del corredor o en la pincelada del artista un intento sagrado por mantenerse humano, por vivir su propia guerra, habremos entendido el mensaje. La verdadera obra de arte es la vida que, consciente de su fragilidad, decide seguir moviéndose, creando y sintiendo.

Georgina Bujanda
Licenciada en Derecho por la UACH y Maestra en Políticas Públicas, especialista en seguridad pública con experiencia en cargos legislativos y administrativos clave a nivel estatal y federal. Catedrática universitaria y experta en profesionalización policial.
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