Hay regalos que una no quiere: calcetines en Navidad, tazas motivacionales de oficina… y reformas electorales que prometen “modernizar la democracia” mientras huelen sospechosamente a remodelación del poder y aquí estamos otra vez, viendo cómo se cocina una reforma que, según sus promotores, es la solución a todos los males del país, desde la baja participación ciudadana hasta, quién sabe, la humedad en las paredes.
Porque claro, cuando la clase política dice “vamos a mejorar la democracia”, una ya sabe que lo que viene es cirugía estética… pero hecha por el mismo cirujano que provocó el desastre original.
La narrativa es impecable: reducir costos, simplificar procesos, fortalecer instituciones. Suena tan bonito que casi convence. Casi!
Porque detrás del eslogan de “eficiencia” suele esconderse la tijera quirúrgica que recorta contrapesos, la brocha que pinta de un solo color lo que antes era plural, y la llave que cierra puertas incómodas como la autonomía electoral.
Y claro, entre líneas se asoma lo que muchos ya dicen en voz baja y otros en voz alta: que esta reforma no nace de un diagnóstico técnico, sino de un impulso personal disfrazado de modernización. Un capricho político con pretensiones de legado, envuelto en el discurso de “lo que el país necesita”, cuando en realidad parece más bien “lo que incomoda al poder y por eso hay que desmontarlo”. Porque cuando una reforma se impulsa con más pasión que argumentos, una entiende que no estamos ante un proyecto de Estado, sino ante un antojo con consecuencias nacionales.
Entre líneas, la reforma propone “ajustes” que casualmente favorecen a quienes la impulsan, qué coincidencia tan adorable.
Centralización de funciones: porque nada dice “democracia sana” como poner más poder en menos manos.
Cambios en la estructura electoral: no para mejorarla, claro, sino para “optimizarla”, palabra mágica que sirve para justificar cualquier cosa.
Reducción de órganos autónomos: porque la autonomía es muy bonita… hasta que estorba.
Todo envuelto en un discurso de austeridad que, curiosamente, nunca aplica a las campañas, a la propaganda o a los megaproyectos políticos.
La reforma promete “representación más justa”. Y sí, será más justa… para quienes diseñaron las reglas. Es como si un equipo de fútbol pudiera escribir el reglamento justo antes del partido y luego se sorprenden de que la gente sospeche.
No es la reforma en sí, es la obsesión por ajustar las reglas cada vez que el tablero no favorece al grupo en turno. La democracia se vuelve un mueble que cada administración quiere lijar, pintar, recortar o convertir en mesa de centro.
Y mientras tanto, la ciudadanía observa cómo el sistema electoral se convierte en plastilina institucional.
La democracia cuesta, cuesta tiempo, recursos, vigilancia, instituciones fuertes y árbitros incómodos. Lo que sale caro, carísimo es desmontarla.
Pero bueno, que no se diga que no nos avisaron, la reforma viene envuelta en papel brillante, con moño y todo. Lástima que, cuando lo abres, descubres que adentro no hay un avance democrático… sino un instructivo para acomodar el tablero.
Y si alguien todavía cree que esto es por el pueblo, que se prepare: el pueblo será el invitado de piedra en una fiesta donde el brindis lo hace el poder, y la cuenta la pagamos todos.
Yo lo dejaría en el catálogo de caprichos, que sigue buscando dejar un legado destructor.

Aldonza González Amador
Criminóloga y Empresaria Juarense
Actualmente Presidenta del Organismo Nacional de Mujeres Priistas en el Estado de Chihuahua (ONMPRI) y Estudiante de Administración de Empresas en la Universidad de la Rioja España.
Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.


