Cuando la violencia deja de doler y la ciudad se deshace en silencio
En Ciudad Juárez algo se quebró hace tiempo. No fue un estallido repentino ni un solo disparo el que marcó el punto de quiebre.
Fue un desgaste lento, persistente, casi invisible. Un proceso cotidiano en el que la violencia dejó de sacudir conciencias para integrarse al paisaje urbano.
Hoy, la pregunta ya no es cuántos muertos hay, sino qué tan poco nos conmueven.
Juárez habita una paradoja incómoda; nos indigna y con razón; el maltrato animal, pero pasamos la página cuando aparece otro cuerpo sin nombre, otra ejecución, otra familia desgarrada.
No se trata de insensibilidad deliberada. Es algo más grave; deshumanización progresiva.
Y cuando una ciudad se deshumaniza, empieza a aceptar su propia decadencia.
La normalización del horror
En esta frontera, la violencia dejó de ser un evento excepcional.
Homicidios, balaceras, extorsiones, desapariciones, robos con violencia y delitos de alto impacto marcan el pulso diario.
La estadística se convirtió en ruido de fondo.
Los datos oficiales son contundentes; Ciudad Juárez se mantiene, de forma constante, entre los municipios con mayor número de homicidios del país, con tasas muy por encima del promedio nacional.
No se trata de un repunte aislado ni de una coyuntura pasajera. Es una condición estructural.
Año tras año, los asesinatos se cuentan por cientos; las víctimas, por miles si se consideran los daños colaterales.
La Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) del INEGI revela que más de dos terceras partes de los juarenses se sienten inseguros.
No solo en zonas marginales o en horarios extremos, sino en la vida cotidiana; al ir al trabajo, al usar el transporte público, al abrir un negocio, al permitir que un hijo camine solo.
Ese dato lo resume todo; la violencia no solo mata; condiciona la manera de vivir.
Cuando sobrevivir sustituye a vivir
Desde el discurso oficial se insiste en la “resiliencia juarense”.
Se repite como mantra; Juárez es fuerte, Juárez resiste.
Pero hay una línea peligrosa y cada vez más difusa, entre resiliencia y resignación.
– Resiliencia es reconstruir.
– Aceptación es acostumbrarse.
Y Juárez corre el riesgo de haber cruzado esa frontera. Cuando la violencia se vuelve rutina, el umbral de lo tolerable se desplaza.
Cerramos más temprano. Evitamos ciertas zonas. Blindamos negocios. Cancelamos planes. Ajustamos la vida al miedo.
Adaptarse no significa vencer. Adaptarse a la violencia no la reduce; la legitima.
La factura invisible: el costo económico del miedo
La violencia no solo cobra vidas. Cobra dinero, oportunidades y futuro.
A nivel nacional, organismos especializados han documentado que la violencia representa cerca del 18% del Producto Interno Bruto.
Ese porcentaje se traduce en pérdida de productividad, cierre de negocios, gasto en seguridad privada, atención médica, daños materiales y fuga de inversiones.
En una ciudad como Juárez, industrial, fronteriza, dependiente de la maquila, el comercio y la inversión, el impacto se multiplica.
La inseguridad:
• Desincentiva la inversión local y extranjera
• Eleva los costos de operación
• Provoca el cierre de pequeños comercios
• Reduce el consumo
• Fomenta la informalidad
Cada negocio que baja la cortina por miedo, cada emprendedor que decide no abrir, cada empresa que pospone o cancela su crecimiento, representa una derrota silenciosa para la ciudad.
No es casualidad que muchos sectores productivos gasten más en seguridad que en capacitación o innovación. Eso no es desarrollo; es contención del daño.
Decadencia urbana: una ciudad que se encoge
La violencia también deja cicatrices visibles. Colonias abandonadas, espacios públicos vacíos, parques sin niños, calles que dejaron de ser puntos de encuentro para convertirse en territorios de riesgo.
Una ciudad insegura se fragmenta:
• Se debilita la vida comunitaria
• Se rompe la confianza entre vecinos
• Se erosionan las redes sociales
• Se degrada el espacio urbano
El miedo redefine el mapa urbano; zonas que se evitan, horarios que se restringen, trayectos que se modifican. Nada de esto aparece con claridad en los informes oficiales, pero se vive todos los días.
Las ciudades no colapsan de golpe. Se apagan lentamente.
La deshumanización: el síntoma más grave
Quizá el daño más profundo no es económico ni urbano, sino moral.
Cuando una sociedad se indigna más por la muerte de un animal que por la de una persona, algo esencial se ha deteriorado.
No porque la vida animal no importe, importa si; sino porque la vida humana ha perdido peso simbólico.
Cada homicidio reducido a estadística, cada víctima convertida en número, cada “uno más” en la nota roja, erosiona la empatía colectiva. Y sin empatía, no hay cohesión social.
La violencia sostenida no solo mata cuerpos. Atrofia la sensibilidad social.
¿Qué estamos aceptando como normal?
Aceptar que:
• Los jóvenes crezcan entre balaceras
• Las mujeres vivan en alerta permanente
• Los negocios operen bajo amenaza
• Las familias modifiquen su vida por miedo
Eso no es resiliencia. Es sobrevivencia forzada.
Y una ciudad que solo sobrevive deja de imaginar futuro.
Juárez no necesita discursos, necesita decisiones
Salir de esta espiral exige algo más que operativos reactivos o mensajes optimistas.
Requiere decisiones de fondo:
• Prevención social real, no simbólica
• Recuperación efectiva del espacio urbano
• Fortalecimiento institucional
• Atención integral a las víctimas, no solo conteo de muertos
• Estrategias económicas que devuelvan confianza
La seguridad no es solo un tema policiaco. Es un asunto de desarrollo, justicia y dignidad urbana.
El verdadero costo
Ciudad Juárez no solo paga la violencia con sangre. La paga con:
• Decadencia económica
• Deterioro social
• Fragmentación urbana
• Pérdida de futuro
Mientras sigamos confundiendo resiliencia con aceptación, la ciudad continuará adaptándose al miedo en lugar de erradicarlo.Y una ciudad que aprende a convivir con la violencia termina, poco a poco, olvidando cómo vivir en paz.

Guadalupe Parada Gasson
Economista, experta en comercio exterior, periodista y docente con amplia trayectoria en sectores público y privado. Ha dirigido medios impresos y digitales, liderado proyectos de comunicación y formación, y se ha desempeñado en ventas, publicidad y relaciones públicas. Destaca por su perfil multidisciplinario, visión estratégica y compromiso con la gestión social y educativa. Recientemente presidenta de Rotary Club Juárez Real (2023–2024).


