«Rayos! Si me cambian de sede no sé qué voy hacer, aquí ya tengo más de 10 años y allá no conozco a nadie. Piensa un ejecutivo mientras toma su almuerzo en una cafetería. Además, ya me había acostumbrado a mi espacio y a mis compañeros, quizá la oficina que me den este más pequeña que la que tengo y en un lugar muy arrinconado y sin ventanas»

La resistencia al cambio proviene del miedo a lo desconocido o por la expectativa de pérdida de los beneficios actuales. El aspecto visible de la resistencia al cambio de una persona es cómo ella percibe el cambio. El trasfondo es la duda sobre la capacidad de esa persona para enfrentar el cambio que se avecina. En términos prácticos, administrar el cambio significa administrar el miedo de las personas.

Aun asi cabe señalar un aspecto muy importante: cambiar no es malo si la necesidad parte de uno mismo. Las personas necesitamos de ciertas variaciones en nuestros enfoques de pensamiento, propósitos y actitudes para adaptarnos, para conseguir un equilibrio y un crecimiento personal. Los cambios forman parte de la naturaleza. La vida son ciclos, fases y etapas, ahí donde el ser humano debe ser parte, también, de ese movimiento vital. Cambiar es sinónimo de crecer: algo a lo que no deberíamos tenerle miedo.

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Dichos cambios son, como decimos, voluntarios, y si parten de nosotros mismos no habrá problema. Cambiamos nuestros pensamientos para cambiar nuestra realidad. Cambiamos por nosotros mismos y no por nadie.

Alguien dijo en cierta ocasión que «el único cambio que el ser humano disfruta es el del pañal». Tanto en nuestra vida personal, como a nivel organizacional, cambiar no es fácil. Pero si no cambiamos, no crecemos. ¿Cómo podemos enfrentar de mejor manera, entonces, los cambios?

Dado que los seres humanos somos capaces de anticipar el futuro, cuando la vida nos plantea un cambio, es muy probable que nuestra primera percepción ante éste sea preocupación por la probable pérdida que dicho cambio puede representar (sobre todo si el cambio no ha sido escogido por nosotros) así, la persona que se va a casar –por ejemplo- aunque quizás anhela este cambio en su vida, a veces pensará que está perdiendo libertad. O, si hay un cambio en la manera de hacer las cosas en nuestro trabajo, es probable que nos preocupe si vamos a poder hacerlo bien con el nuevo cambio. Tememos perder imagen o prestigio, o autoestima.

No nos resistimos al cambio propiamente dicho, sino a la posibilidad de pérdida (ya sea que esta pérdida sea real o imaginada).hay quienes piensan que pueden empezar con pequeños cambios en su vida pero a veces es contraproducente porque en ocasiones los pequeños cambios, lejos de traernos felicidad, nos dejan en el mismo lugar. Por ello, será necesario iniciar grandes cambios.

Ahora bien, queda claro también que esos “grandes cambios” conllevan mucha valentía, decisión personal y la suficiente autoestima como para salir por fin de nuestra zona de confort.

Nuestro ciclo vital está lleno de variaciones, y ello, lejos de darnos temor, nos debe motivar, nos debe obligar a formar parte de ese movimiento armónico que es crecer, madurar, amar, crear vínculos. Construir, al fin y al cabo, nuestra propia felicidad.

Las personas seguimos cambiando cada día, pero nunca perdemos nuestras esencias, nuestros principios y nuestros valores. Es por ello que no debemos claudicar ante lo que nos define, porque entonces, dejaremos de ser nosotros mismos.

Una variación en nuestra existencia puede traer la incertidumbre y un periodo de crisis pero, si enfocamos nuestra realidad de un modo adecuado, podemos “reinventarnos”, o descubrir incluso aspectos insospechados que nos traen nuevas ilusiones.

Te invito a que reflexiones sobre ello.

Es Cuanto.

Eduardo Quezada Compañ
Eduardo Quezada Compañ

Estratega Digital.

Lic. en Derecho, estratega digital y asesor en comunicación política. Orgulloso juarense de corazón.


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